A lo largo de la historia, los pueblos y civilizaciones han experimentado un permanente intercambio de culturas. Una interacción que enriquece la sociedad. Sin embargo, en esa relación, a menudo una de las culturas tiende a convertirse en dominante.
En el siglo XX, se pasó de un modelo de desarrollo redistributivo a una nueva fase de desarrollo concentrador y acumulador de riqueza que comporta una creciente inequidad y exclusión a nivel global (J. S. Parga). Las estadísticas más recientes son desoladoras; resumiendo nos damos cuenta de que la mitad de la población mundial vive con menos de dos dólares diarios y 1.200 millones de personas sobrevive con menos de un dólar al día. Aunque la pobreza existe en las naciones desarrolladas, ésta se acentúa en los países empobrecidos, donde viven 4.600 millones de personas. De ellas, casi 800 millones no tienen una alimentación suficiente, más de 850 millones son analfabetas, más de mil millones carecen de acceso a agua limpia, cerca de 36 millones tienen el virus del VIH/SIDA, casi 325 millones de niños no están en la escuela y otros 11 niños menores de cinco años mueren cada año por enfermedades prevenibles o curables.
Con estos datos podemos darnos cuenta de que la situación para la humanidad no es favorable en lo más mínimo, ni prometedora o alentadora, y lo más triste es que el ser humano es su propia víctima ya que el principal actor y causante de la realidad actual de la tierra es él mismo.
Por eso sabemos que no es sino él mismo el que puede y debe corregir este desolador panorama. Para ello hay que comenzar por reconocer la realidad, hacerse conscientes y aceptar la propia responsabilidad en el desequilibrio global en que vivimos, y finalmente, conocer los modos en que podemos actuar y ponerlos en práctica.
En la actualidad, la Cooperación al Desarrollo pretende rescatar valores como la igualdad, la justicia, la solidaridad y el respeto, desde los cuales cuestionar el orden social establecido y los sistemas de valores que lo legitiman. Con el fin último de restablecer la convivencia y el desarrollo social en sociedades plurales, complejas, independientes pero interconectadas (globalización).
Para implicarse en la dinámica de la Cooperación, es necesario comprender el origen de los desequilibrios que impiden la igualdad de oportunidades en diferentes ámbitos, como son la educación, la salud, el género, el medio ambiente... asumir la corresponsabilidad en estos procesos y compartir la necesidad de compensarlos para transformar las realidades de exclusión. Para esto es necesario hacer protagonistas del desarrollo a las poblaciones beneficiarias de la cooperación, entendidas como agentes de cambio, de ponerlas en el centro del desarrollo desde el comienzo para que sean verdaderamente sujeto activo del desarrollo y no sólo objeto pasivo de ayuda externa.