Desde hace tiempo se ha comprendido que el desarrollo debe ser sostenible, es decir, que debe cubrir las necesidades del presente sin comprometer la capacidad de las generaciones futuras para satisfacer sus propias necesidades. En 1992, en la Cumbre de la Tierra de Río de Janeiro, la comunidad internacional adoptó un plan de acción (Agenda 21) para el desarrollo sostenible, conscientes cada vez más de los múltiples problemas socio-ambientales mundiales, entre los que destacan especialmente el agua, la energía, la salud, la productividad agrícola y la biodiversidad.
Tal como recoge la Carta de Aalborg (Dinamarca, 1994), entendemos que para restablecer el equilibrio, debemos lograr una justicia social, unas economías sostenibles y un medio ambiente duradero, y la justicia social pasa necesariamente por la sostenibilidad económica y la equidad, que precisan a su vez de una sostenibilidad ambiental.
El concepto de desarrollo sostenible nos ayuda a basar nuestro nivel de vida en la capacidad transmisora de la naturaleza. Requiere que nuestro consumo de recursos materiales, hídricos y energéticos renovables no supere la capacidad de los sistemas naturales para reponerlos, y que la velocidad a la que consumimos recursos no renovables no supere el ritmo de sustitución de los recursos renovables duraderos. La sostenibilidad ambiental significa asimismo que el ritmo de emisión de contaminantes no supere la capacidad del aire, del agua y del suelo de absorberlos y procesarlos.
Por otra parte, somos conscientes de que son los pobres los más afectados por los problemas ambientales y los menos capacitados para resolverlos. El desigual reparto de la riqueza es la causa de un comportamiento insostenible y hace más difícil el cambio. Es imprescindible integrar las necesidades sociales básicas de la población, así como los programas de sanidad, empleo y vivienda, en la protección del medio ambiente. Queremos contribuir a la creación de modos de vida sostenibles, de forma que podamos mejorar la calidad de vida de los/as ciudadanos/as en lugar de maximizar simplemente el consumo.
El desarrollo humano sostenible es un desarrollo que no sólo genera crecimiento, sino que distribuye sus beneficios equitativamente; regenera el medio ambiente en vez de destruirlo; potencia a las personas en vez de marginarlas; amplía las opciones y oportunidades de las personas y les permite su participación en las decisiones que afectan sus vidas.
En esta concepción el ser humano es considerado como motor a la vez que objeto del desarrollo, involucrándolo en la posibilidad y necesidad de participar activamente como sujeto de transformación, en los procesos de ampliación de sus propias oportunidades en distintas esferas: ingreso, conocimientos, vida prolongada, libertad, seguridad personal, participación comunitaria y derechos fundamentales.